Ya en el primer club de intercambio que visito, el Eva y Adán del Puerto de Santa María, un rubiales, que deambula al otro lado de la reja de la terraza mixta, aprovecha la primera oportunidad que se le presenta para dirigirse a mi amiga y a mí. Me acerco a hablar con él. No sabe que soy periodista, claro. Me asegura que es una de las primeras veces que acude al local (eso dirán todos), y que lo hace porque así se asegura de estar en un lugar donde todo el mundo va a lo mismo, sin riesgo de que la otra persona quiera compromiso.
