Un viento huracanado de 140 kilómetros por hora acaba de pasar por Los Ángeles y ha dejado su rabiosa huella y cientos de árboles tumbados por las calles. “En L.Á. no hay huracanes como en Miami, pero de vez en cuando viene el Santana y nos da un pequeño susto”, me aclara el taxista de origen armenio. Es sábado 3 de diciembre, son poco más de las seis de la tarde y el conductor tiene prisa por acabar la jornada. Casi toda la ciudad está pendiente de un combate de boxeo entre el puertorriqueño Cotto y el mexicano Margarito. Mientras me dirijo al hotel –ubicado en West Hollywood– leo un grafiti que reza: “A Dios le hemos dado por muerto, a los ángeles por desaparecidos y al demonio por regenerado. Bienvenidos a L.Á.”.
